Visita a mi casa: El arribo…

QuerétaroComo los últimos 15 de septiembre me fui al pueblo a pasar el aniversario del día de la independencia en, lo que yo considero, mi casa. Después de alternar la vista, durante casi tres horas, entre el libro que intentaba leer –“El llano en llamas” de Juan Rulfo- y la serie de líneas rectas blancas pintadas sobre otra línea negra muchísimo más ancha y aparentemente interminable –llamada autopista-, me di cuenta, luego de ver cómo se hacia más grande la figura de Conin que anunciaba la llegada a mi pueblo: Querétaro.  

Lo primero que observé, a través del cristal del autobús, es lo rápido que ha crecido la ciudad. Estructuras compuestas de concreto, varilla, ventanas, puertas y de diversos colores que son –o serán- ocupadas por una, o más, personas y, tal vez, animales domésticos, se encuentran sobre las lomas que alguna vez marcaron los límites de la urbe. También se apreciaban los conos de color naranja que desviaban el tránsito vehicular por las obras que se realizan en la entrada a la ciudad.  

Asimismo, se encontraban unos soportes que sugerían la construcción de un puente en dirección a otro cerro donde, hasta donde yo sé, sólo hay flora y fauna silvestre –me resulta difícil comprender que, tal es el desarrollo de la ciudad que hasta la fauna silvestre, de los montes vecinos a la ciudad, hayan exigido al gobierno la edificación de una carretera que comunique con la metrópoli; mi única esperanza, para no enloquecer, es que ya existan asentamientos humanos en la zona.  

Arribé a la Terminal de Autobuses y esperé durante quince minutos la llegada de mi mamá. Durante ese lapso me topé con dos conocidos, antiguos compañeros del colegio: el Ardilla y a Sonriks, sólo el primero me saludó porque el segundo probablemente no me haya reconocido ahora que tengo el cráneo semi-descubierto y parezco delincuente. Minutos después veo acercarse a aquel automóvil de color plateado que llevaba en su interior a mi madre.  

Siempre que veo a mi mamá tengo una sensación indescriptible, inexplicable. Esa sensación provoca que en mis mejillas se dibujen líneas, similares a paréntesis, y que –aunque no lo crean- mis ojos de ratón se abran más de lo habitual, mientras comienzo a sentir la presión de un fluido que intenta salir por ellos. Levanto la cabeza, doy un gran suspiro y parpadeo las veces necesarias para que la acción de gravedad regrese a las lágrimas a su lugar de origen. Automáticamente mis brazos se extienden, rodean a mi madre y la aprietan fuertemente para intentar una fusión -parecida a la que tenían Gothen y Trunks en Dragon Ball Z- y nunca más apartarme de ella. Estoy feliz.

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~ por Enrique Zamudio en septiembre 17, 2007.

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